Bajo el asfalto de la Plaza de Chamberí se esconde una cápsula del tiempo arquitectónica. Inaugurada en 1919 como parte del primer tramo de la red de Metro de Madrid, la Estación de Chamberí fue diseñada por el célebre arquitecto Antonio Palacios, el mismo genio detrás del Palacio de Cibeles. Palacios concebía el suburbano no solo como un medio de transporte funcional, sino como una extensión de la belleza de la ciudad, un «palacio subterráneo» accesible para la clase obrera.

Para combatir la claustrofobia y la desconfianza que los ciudadanos del siglo pasado sentían hacia los espacios subterráneos, Palacios recubrió los túneles y andenes con azulejos blancos biselados que reflejaban la luz eléctrica con una intensidad asombrosa para la época. Los accesos contaban con detalles de azulejería andaluza, barandillas de hierro forjado y un diseño luminoso y amplio. Sin embargo, en la década de 1960, la llegada de trenes más largos obligó a ampliar las estaciones de la Línea 1. Debido a la curva pronunciada de Chamberí y su cercanía con las paradas vecinas, ampliarla era imposible, por lo que se clausuró en 1966. El espacio quedó tapiado y congelado en el tiempo durante más de cuarenta años, manteniendo intactos sus carteles publicitarios originales hechos de cerámica vidriada, sus taquillas de madera y su esencia modernista. Hoy, restaurada como museo, es el mejor testimonio visual de cómo la arquitectura de Madrid supo conquistar el subsuelo con arte y elegancia.