El perfil del atardecer madrileño esconde una silueta que parece desafiar toda lógica geográfica: un templo egipcio del siglo II a.C. perfectamente asentado sobre una colina de la capital. El Templo de Debod no es una réplica; es un regalo genuino del gobierno de Egipto a España en 1968, como agradecimiento por la ayuda prestada en el salvamento de los templos de Nubia durante la construcción de la gran presa de Asuán.

Su arquitectura, erigida originalmente por orden del rey meroita Adijalamani, estaba dedicada a los dioses Amón e Isis. Lo que hoy vemos en el Parque del Oeste es un prodigio de la ingeniería y la paciencia. El monumento fue desmontado piedra a piedra en su país de origen, embalado en miles de cajas numeradas y transportado en barco hasta Valencia, para luego llegar a Madrid en camiones. Los arquitectos españoles se encontraron con un gigantesco puzle cuyas instrucciones se habían perdido en el trayecto. Además, el clima de Madrid, mucho más húmedo y frío que el del desierto nubio, obligó a realizar un complejo trabajo de restauración y protección para evitar la degradación de los sillares originales. Hoy, sus portales de piedra perfectamente alineados siguen proyectando la luz del sol poniente, conectando el misticismo del Nilo con el cielo de Madrid.